Pocas piezas del mundo laboral han sobrevivido tantas transformaciones como el maletín de oficina. Ícono de elegancia, símbolo de autoridad y discreto guardián de secretos profesionales, su historia se remonta mucho antes de los ejecutivos y las reuniones de directorio.
Sus raíces se encuentran en la antigua Roma, donde los mensajeros y comerciantes utilizaban bolsas de cuero llamadas loculus para transportar documentos, monedas y herramientas. Con el paso de los siglos, esa práctica evolucionó hasta convertirse en un accesorio imprescindible para abogados, banqueros y diplomáticos del siglo XIX. Fue entonces cuando el maletín adquirió su forma rectangular, su estructura rígida y ese característico cierre metálico que aún hoy evoca seriedad y confianza.
Durante el siglo XX, el maletín se consolidó como un emblema del profesional moderno. En los años sesenta y setenta, su diseño se simplificó: líneas limpias, cuero pulido y la promesa de éxito en cada hebilla. Era más que un objeto: era una declaración de propósito.
Hoy, sin embargo, su significado se ha transformado. El maletín convive con mochilas minimalistas y fundas para laptops, pero conserva una esencia que ninguna moda ha logrado borrar. Es el eco tangible de una época en que el trabajo se llevaba bajo el brazo, y la presentación era tan importante como el contenido.
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